Edoilustrado

Un blog de gestos y trazos

El cómic devora al cine

Para nacer como arte, el cine debió pelear por su especificidad. El movimiento lo independizó de la fotografía por supuesto, pero el peligro del teatro filmado lo acosó siempre, así como la tentación de la mera translación literaria, o luego, el fárrago de los diálogos con el parlante, o el encandilamiento del color.

En esta vena, podría decirse que de un tiempo a esta parte el cine americano está en peligro. La tendencia corre el riesgo de pasar desapercibida tras su paquidérmica grandeza, pero las advertencias están allí.

No se trata del soporte (película u otra forma de proyección) ni de su salto ya lejano a la intimidad del hogar a través de la televisión, el video y el DVD, o peor aún, de su empequeñecimiento lúdico en una aplicación que cabe en la palma de la mano. Estas serían variaciones fenomenológicas de un mismo ser. Lo grave está en que el cine, tal y como lo conocemos, está siendo halado de un lado y de otro por parientes lejanos o mutaciones que, manteniéndolo en el recinto sagrado de la sala oscura, lo alejan. Dejemos de lado y para otra ocasión la proyección en 3D, ese comodín que (como en su momento el sonido o el color en el cine) corre el riesgo de ser poco más que una palanca de la taquilla (¿Como se vería el último Woody Allen en 3D? ¿Notaríamos la diferencia?).

El problema en este momento parece ser el cómic. Y no se trata del pase del cómic al cine (en su momento, los 50, Superman y Batman desafiaron sin efectos especiales esta prueba de la gravedad), ni del apetito del cine por la libertad del dibujo, sino de su estricto opuesto. El comic ha comenzado a devorar al cine, en un movimiento que no parece detenerse. En realidad todo empezó un poco antes, cuando el cine americano, cultor de personajes sólidos que daban cuerpo y explicaban la acción, invirtió la fórmula y comenzó a construir tramas ingeniosas o disparatadas, en las que los personajes se disolvían (¿a quién le podía importar qué pasaba en la cabeza de Han Solo o de Indiana Jones? Lo importante es que la película se movía y la anécdota progresaba sin respiro hasta el final). Pero luego vinieron los efectos especiales y la imagen pudo despegarse, sin problema ni pudor, del correlato real que la ataba al mundanal ruido.

Pudiéramos ubicar la fecha en el primer Batman en el hoy lejano 1989 (aunque pudiera ser el Superman de Christopher Reeve, exactamente diez años antes) pero con el tiempo la tendencia se aceleró. Batman cambió de cara y de villanos hasta agotarse y recomenzar más oscuro pero mucho más flexible en 2005, cuando ya debía pelear a cuchillo con el Hombre Araña, Hulk y un olvidable Superman de “comeback” discutible. En todo caso el comic ya tenía carta de ciudadanía. En 2005 hubo un giro copernicano con Sin City, que dirigían Robert Rodríguez y el creador de la serie, Frank Miller. A diferencia de sus precursoras, en las que el lenguaje del cine se apoderaba de los rudimentos del comic, Sin City era una avasallante aventura dibujada en la que los actores buscaban (y lograban) camuflarse tras los ropajes de la tira dibujada. La película era una comiquita (excelente y muy ingeniosa por cierto). El problema es el abuso.

A partir de ahí hemos visto guerreros en las Termópilas, Dioses titánicos diciendo y haciendo tonterías, un revival (otro) de Hulk y ahora, por si fuera poco, unos veteranos de la CIA haciendo de las suyas frente a un rival elusivo.

Ocurre que el genio de la banda dibujada reposa en la gracia del dibujo y en la libertad de moverse sin necesidad de coartadas por territorios que se saben imaginarios y hacen poco por ocultar el disparate. Trasladarlos al cine es incurrir, aunque no lo parezca, en el desafío de trasladar la literatura a la pantalla. Los medios, siendo ambos imaginarios, poseen códigos muy distintos y los meros efectos especiales distan mucho de ser el pasaporte de un medio a otro. Tal vez por esto RED, más allá de un punto de partida ingenioso (un grupo de espías cansado y jubilado que debe volver al ruedo ante una provocación de un político) naufraga en la catarata visual que busca avasallarnos.

HÉCTOR CONCARI

Fuente: Diario Tal Cual, Domingo 16/01/2011

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Esta entrada fue publicada en enero 16, 2011 por .

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